
Una vez más, motivos personales me impidieron asistir a la Marcha de las Flores hacia Villaescusa de Palositos. Os dejo un enlace a la crónica que Carlos Otero hace en su web:
Crónica.
La foto está tomada de aquí.
EN ESTA VILLA NO HAY HOTELES, NI SIQUIERA PENSIONES DE CUARTO Y MEDIO. SU ÚNICO PRIVILEGIO RESIDE EN QUE, EN CADA UNA DE LAS CASAS ABANDONADAS, SE MANTIENE UN FOGÓN ENCENDIDO A LA ESPERA DEL CAMINANTE.




En las tierras sepulvedanas de Segovia, muy cerca de Arcones y Orejana, y tampoco alejada de Matandrino, otro caserío deshabitado, se reparte la media docena de casas de La Alameda, que acoge al caminante con el chorro frío de su fuente. La ruta que la atraviesa convierte a La Alameda en un agradable lugar de descanso, a la sombra de su abundante vegetación, tanta que ya engulle algunas casas, como esta de la imagen que descubre su posible fecha de construcción: 1874.
En la provincia de Alicante, junto a Alpatro y Benissili, se encuentra este minúsculo caserío del que apenas queda una calle. No del todo abandonado, pues una de sus casas está rehabilitada y en alguna otra también hay vida, el éxodo de sus escasas gentes comenzó hace ya décadas. De vez en cuando, algún despistado camión de transporte va a descargar al Llombai alicantino lo que pertenece al Llombai valenciano, quedando encallado en el puente que le da acceso. En lo alto de un risco se perciben los restos del castillo de Benissili.
Muy cerca de Aldeanueva de Barbarroya, pueblo toledano con cuya historia tiene mucho que ver, se encuentran los escasísimos restos de Corralrubio, poblado surgido a mediados del siglo XV. Alrededor de 1578, con la emigración y la mortandad que provocaban las fiebres tercianas, sus habitantes fueron mermando. Tenía su iglesia, dedicada a San Juan Bautista, y se organizaban, como en todo pueblo que se precie, fiestas y juegos. En algún momento entre 1860 y 1867 tiene lugar su despoblación y, poco a poco, su desintegración en la tierra que lo acogía. Los muros de sus casas han sido utilizadas para huertos, tal y como se puede apreciar actualmente. Hoy apenas quedan estos vestigios, alguna que otra pared y se puede imaginar, con algo de esfuerzo, el trazado de sus calles.
El próximo 28 de abril tendrá lugar La II Marcha de las Flores hacia la localidad deshabitada de Villaescusa de Palositos (Guadalajara). Convocada por la Asociación de Amigos de Villaescusa de Palositos, los asistentes intentarán, una vez más, acceder al pueblo, que se encuentra, cosa incomprensible, dentro de una finca privada. Villaescusa de Palositos, que cuenta con una impresionante iglesia románica y en cuyo cementerio aún reposan los restos de algunos de sus pobladores, se encuentra en ese olvido administrativo en el que han caído muchos despoblados, dándose aqui la peculiaridad de que los accesos han sido cerrados por el dueño de la finca de una manera, al menos, muy discutible. Se dan las circunstancias de que las calles, las plazas, las fuentes y el cementerio son propiedad del Ayuntamiento de Peralveche, de que una casa aún tiene propietario y de que la iglesia es del obispado de Sigüenza... Cosas raras que ocurren en este país.
En tierras segovianas, Matandrino, abandonado en los 50, da cobijo a los trastos de los ganaderos y agricultores de la zona. A su entrada, una casa ha estado cerca de renacer: se intentó restaurar, pero volvió a sucumbir. En el silencio sólo se oyen los cencerros de las bestias y el viento resoplando en las ventanas. Al comienzo de la calle principal, cuyo suelo no es más que barro en días de lluvia, una cruz de madera recibe al viajero, advirtiéndole que camina por suelo cristiano.
Con algo de retraso acuso aquí el recibo del libro El lado humano de la despoblación, cuya autora, Isabel Goig Soler, ha tenido a bien enviarme desde tierras sorianas. Isabel, como queda de manifiesto en su imprescindible página web, es una gran conocedora de todo lo que conscierne a Soria, la provincia en la que vive desde tiempo ha. No sólo se ha estudiado los libros, sino que, mejor aún, ha caminado por todas las sendas, buscando la historia, como buena exploradora, a pie de montes y a orilla de ríos, charlando con las gentes de la tierra, aquellas que conocen mejor que nadie del dolor y la alegría de sus pueblos. Y en su largo caminar, Isabel Goig Soler se topó con uno de los más graves problemas del siglo XX -y aún más del XXI-, una lacra que parece importar poco a los gobernantes: la despoblación. Así, en su libro El lado humano de la despoblación, Goig Soler recorre los caseríos abandonados, recopilando su pasado a través de testigos y mostrándonos las causas de la marcha de sus habitantes. Nos llevará, pues, a Villarijo y Vea, al casi inexistente Castellanos de la Sierra, a Velasco y Armejún... Una ruta que algunos prefieren ignorar. No es el caso de Isabel.
En Valencia, muy cerca de Requena y aún más de los caseríos de Los Ruices y Los Marcos, se encuentra La Cornudilla, municipio del que no queda más que algunos muros y una casa, la "del ruido o los duendes", que ha sido objeto de varias investigaciones parasicológicas en los últimos años. Junto a un árbol, entre viñedos, en esta casa, derrotada tan sólo en su fachada principal, se oyeron antaño sonidos de cadenas y se manifestó lo imposible.
Alzadas en un monte de la malagueña Sierra de Gibralgalia, Las Casillas de Díaz se reparten aquí y allá, unas abandonadas y otras rehabilitadas para uso ocasional. Algún horno de piedra permanece en esta aldea desvencijada, en cuyos hogares se pueden ver también los restos de las chimeneas que antaño dieran lumbre.
Aunque algunas de sus casas están rehabilitadas para uso vacacional, este pequeño pueblo de Cáceres, dependiente de Cañaveral, agoniza como su olmo centenario, un fantasma que alza sus ramas al cielo. Ya no viven ni los muertos del cementerio, apéndice de la Iglesia, porque se han marchado de sus nichos. Sin embargo, las piedras sinceras de Arco oyen cada día el balar de las ovejas de un viejo pastor, hijo de un octogenario que se resiste. Dos hombres para un destino, la despoblación, que esperemos sepan impedir esos moradores de fin de semana.
En la impresionante Asturias, la naturaleza engulle una estrecha carretera que conduce hasta Baselgas, un pequeño municipio casi deshabitado (una sola persona vive allí permanentemente; el resto, en períodos vacacionales). Hace tiempo que su escuela dejó de oír las voces de los niños y algunas casas van hundiéndose en la maleza, pero en Balsegas aún resiste un conjunto arquitectónico que debiera protegerse: los hórreos y las paneras, alguna con privilegiadas vistas a la montaña.
En medio de la Sierra de Ayllón, aislada de vaivén alguno, va resucitando Villacadima, aldea de la que marcharon allá en los 70 unos habitantes hartos de la dureza del trabajo y de las pocas posibilidades de progreso. Irse ellos y llegar Nadine, mujer valiente que decidió descansar en el silencio de sus calles junto a sus hijos, comienzo de una repoblación lentísima, y esporádica, pero que alienta la esperanza de este rincón espléndido de Guadalajara.
Antes de su quietud, cientos de muertos. En Belchite, ruinas viejas junto a un homónimo de poco más de 50 años, se siente el dolor que resquebrajó el pueblo en 1937, las lágrimas y la sangre de bandos enfrentados. El asedio de los republicanos fue cruel, pero los nacionales también descargaron su rabia. Hoy, tal y como quería un tal Fefé, sigue en pie, para vergüenza de unos y de otros, parte de este pueblo zaragozano en el que alguna vez rieron los niños. Y acongoja pensar en ello.
En Madrid, cerca de El Escorial se mantienen las piedras de Navalquejigo, medieval Navalquexigo, moderno Navalkejigo, gracias en buena parte a la preocupación de un movimiento okupa que se instaló en el pueblo tiempo ha. Hoy sus casas y su plaza se han convertido en lugares de peregrinaje cultural y social para los afines a la okupación. De entre sus escasas edificaciones en pie destaca su iglesia fortificada, una maravilla que se resiste a caer por completo.